El perro que anunció la suerte de su amo

El perro que anunció la suerte de su amo 13

El perro que anunció la suerte de su amo se encuentra como una de las tantas historias de sobre mesa y tertulia de vecinos que se repiten hasta convertirse en relatos legendarios que hacen parte del anecdotario de las comunidades.

Imagen superior tomada de https://www.srperro.com/.

En esta ocasión, para hallar las pistas de este relato hay que ir hasta el puerto de Buenaventura, remontándose por lo menos una década atrás.

La historia gira en torno a un comerciante próspero que encontró en la madera uno de los negocios con los que pudo obtener un capital que le aseguró bienestar de vida.

Aquel hombre contaba con la compañía de un amigo inseparable, que además de ser el custodio que estaba alerta ante la aparición inesperada de otras personas, era quien siempre lo recibía y despedía.

Todo se desarrollaba sin mayores dificultades en la vida de aquel comerciante, a tal punto que le alcanzaba para facilitar préstamos de dinero.

La rutina en el barrio Viento Libre, lugar en el que se desarrolla está historia, transcurría con normalidad todos los días en esta comunidad bonaverense, en donde desde las terrazas de las casas se puede apreciar el mar con la bahía, sintiendo la leve caricia de la brisa marina que empieza a amainar el calor cuando la tarde va avanzando.

El atardecer en Buenaventura es uno de los goces que cualquiera puede disfrutar en el puerto sobre el Pacífico.

Fueron muchos los atardeceres que el perro, (que llamaremos Sebastián, para identificar el personaje), contempló, esperando la llegada de su amo, latiendo y meneando agitadamente su cola.

Pero un día aconteció algo que el poseedor de aquel animal no podía comprender.

Tenía que salir con premura a cumplir con una cita de negocios, pero no podía salir o mejor no lo dejaban.

Su cariñosa mascota se convirtió en una fiera, ladrando sin cesar y mordiendo el borde del pantalóm de su amo.

El perro no desistía y hasta parecía enloquecido, hasta llegar a temerse que pudiera haberse contagiado de peste de rabia, pues su comportamiento era desconocido.

Sin embargo, no era el tiempo de entrar en consentimientos y había que acudir a la fuerza y a la cadena para sujetar al canino y controlar su asedio.

Al final, encadenado, a Sebastián le tocó ver salir a su amo.

Esto fue cualquiera de estos días en la ciudad portuaria.

Pasaron dos días y el comerciante no aparecía para abrir su establecimiento.

Sería acaso que había sufrido algún accidente del que nadie se diera cuenta.

No había ninguna explicación a este hecho y lo único que podía hacerse era emprender su búsqueda en hospitales, y en últimas, hasta en la morgue, presagian do en este caso lo peor; pero todo fue infructuoso.

Nadie daba con el paradero y no había más que hacer, sino regar carteles con su nombre y una foto suya.

La situación se volvía dramática, hasta que a uno de sus familiares se le ocurrió una idea, que como estaban las cosas, no había mucho para perder.

Su compañero fiel podía aportar las mejores pistas, y así se pusieron en marcha todos los que se habían aliado para esta búsqueda.

Inmediatamente se le soltó la cadena a Sebastián, este corrió enloquecida mente, olfateando por todo el lugar y, dando un rodeo, llegó a un punto en el terreno en el que hundió sus garras.

El perro escarbaba intensamente ante las miradas expectantes que esperaban con ansia algún indicio.

Los minutos pasaban y el animal continuaba escarbando; sin embargo, no se veía nada a la vista.

Tal vez era algún objeto de su amo, de pronto algún elemento de valor guardado bajo la tierra.

El tema es que la ansiedad no hizo que se esperara más y, yendo hasta el cuarto de las herramientas, se tomó la pala para cavar.

Más de un metro de profundidad y nada se veía, la fosa se iba abriendo más, hasta que algo se asomó.

Así es que, hundiendo la pala con mayor intensidad, el canino, rasguñando la tierra, empezó a emitir unos aullidos que parecían un lamento.

Lo que la punta de la pieza de metal de la herramienta tocaba era parte del cráneo del hombre desaparecido.

Un olor a muerte impregnó el sitio.

Inmediatamente se dio aviso a las autoridades que, acordonaron el entorno del macabro hallazgo, encontraron, metros más adelante, las otras partes del cuerpo desmembrado que había sido partido por la mitad, asegurándose que por la profundidad en la que se había enterrado, no despertara sospechas por los olores emanados en su descomposición.

Un episodio más de la cruel y despiadada violencia, tenía lugar en el puerto del Pacifico, en la que el doliente más cercano era el perro Sebastián.

El duelo del perro fiel solo duró tres meses, y, no precisamente por la infidelidad, olvido o cambio de amo, pues desde el mismo momento del conocimiento de la muerte de su dueño, Sebastián

no quiso volver a recibir alimento, hasta morir de pena por su

Marco Antonio Reyes
Marco Antonio Reyes es el editor de la Revista Imagen De Los Vallecaucanos Región Pacífico y de su portal en internet, periodista con una formación académica en el área de la educación, de las humanidades y una preparación en el campo de la comunicación humana aplicada en los medios de comunicación, ha desarrollado en varios años un laboratorio experiencial por medio de un trabajo continuado con diferentes comunidades y grupos sociales en Colombia, logrando obtener un patrón metodológico altamente efectivo en procesos organizacionales,cumpliendo con el objetivo de crear puentes comunicantes a partir del ejercicio informativo.