Masacre en Nariño, un no más a la violencia

Masacre en Nariño, con un no más a la violencia, es el clamor que se levanta en Colombia luego del suceso de la masacre ocurrida el pasado 15 de agosto en la noche en el municipio de nariñense de Samaniego en donde ocho jóvenes entre los 17 y 25 años de edad fueron asesinados.
Imagen superior de víctimas de masacre en Samaniego(Nariño).
De acuerdo a las versiones que se han conocido sobre la masacre, un grupo de jóvenes departía el sábado 15 de agosto en la noche en la vereda Santa Catalina, área rural del municipio de Samaniego, hasta donde llegaron hombres armados y arremetieron contra las personas que allí estaban ocasionándole la muerte a ocho del grupo que fueron identificados como: Oscar Andrés Obando, Laura Michel Melo (19 años), Elian Benavides (19 años), Daniel Vargas (22 años), Byron Patiño, Rubén Darío Ibarra (24 años), Jhon Sebastián Quintero (24 años) y Brayan Alexis Cuarán (25 años).

Según testimonios de miembros de la comunidad los presuntos responsables del atroz crimen corresponden a grupos armados al margen de la ley que operan en la zona, los cuales viven una guerra a sangre y fuego por el narcotráfico y armas.
Lo mas aterrador para este pequeño poblado del sur de Colombia es que al múltiple homicidio se suma el de otra joven que fue asesinada en la mañana del domingo en Samaniego, contabilizando ya en este municipio 20 homicidios en este año.

El hecho que ha sido repudiado por todos los sectores gubernamentales y de la opinión pareciera resurgir una sombra oscura que este país nunca más quisiera volver a tener con la página de sangre y horror que por décadas se vivió con el proceder de grupos de paramilitares, bandas criminales y guerrilleros que acostumbraron a hacer del pánico con sus masacres, el medio con el que silenciaban comunidades, en la mayor parte rurales, que tenían que presenciar la atrocidades cometidas por estos grupos armados, teniendo muchas de las familias campesinas residentes en estos lugares, que salir desplazadas para preservar su vida, dejando tirado atrás el esfuerzo de toda una vida.
La criminalidad en el campo colombiano vuelve a poner el dedo en lo que se ha llamado como el otro país que ha permanecido siempre a espaldas del país nacional, en donde la presencia del Estado es totalmente frágil en políticas de atención y acompañamiento a la población y a los grupos que la integran, entre los que encuentran los jóvenes que están entre los más vulnerables de ser atrapados por las organizaciones que delinquen y que imponen su ley del terror.
Un hecho paradójico es por demás que una de las zonas más hermosas de Colombia por su biodiversidad natural y belleza paisajística, resuene ante el mundo por el horror que en si no tiene nada que ver con la naturaleza auténtica de sus gentes, de estrato campesino, sencillas, humildes y generosas, que han quedado atrapadas en una dinámica de muerte y desolación por quienes se han tomada sus territorios que debieran ser emblemas de paz, con el aire puro que se respira, el verdor de sus montañas, sus aguas cristalinas y tierras de gran fertilidad.

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